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Kriya Yoga

 

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Las Olas Sucesivas de Trasmisión

El primer contacto registrado entre yoga y pensamiento occidental ocurrió durante los tiempos de Platón (428-348 AEC) y su discípulo Aristóteles (384-322 AEC). Los griegos habían oído muchas cosas sobre los yoguis indios, a quienes llamaron gymnosophistas (“filósofos desnudos”) y admiraron ampliamente la profundidad de su sabiduría..

 

En 327 AEC, Alejandro Magno invadió una pequeña parte de India, sólo para abandonarla exhausto después de dos años, y seguir a Persia. Alejandro Magno había recibido una apreciación profunda de la filosofía por parte su maestro Aristóteles así como del profesor poco ortodoxo Diógenes, y anhelaba aprender de los yoguis. Al respecto, el historiador griego Plutarco narra dos episodios interesantes de la vida de Alejandro.

En una ocasión, Alejandro envió a uno de sus mensajeros, Onesicritus (estudiante de Diógenes) para que citara a un gran sabio llamado Dandini (conocido como Dandimis en griego) que vivía en el bosque, a una discusión filosófica con Alejandro en su campamento. El sabio, absorto en profunda contemplación, no dio ninguna respuesta.  Onesicritus le advirtió al yogui que Alejandro no respondía amablemente a la desobediencia, y que lo haría matar si no accedía a su petición. A esto Dandini respondió calmadamente que el tirano podría cortarle la cabeza, pero nunca podría perturbar la paz de su alma... algo que Alejandro aparentemente nunca había encontrado en ninguna de sus andanzas y conquistas. Cuando Alejandro recibió el mensaje, sintió el más profundo deseo de conocer un sabio con tal ausencia de miedo, y fue voluntariamente a donde él. El gran yogui le enseñó que el cuerpo pertenece al hombre, pero el hombre no pertenece al cuerpo, de forma que aún la decapitación no trae ningún sufrimiento a aquel que está establecido en la conciencia del alma.

 

En otra ocasión, el ejército de Alejandro había capturado a un numeroso grupo de prisioneros en una feroz batalla, entre los cuales había diez yoguis brahmanes. Alejandro decidió probar su sabiduría con unas preguntas capciosas, especificando que aquel que diera la peor respuesta sería el primero en morir. Habiendo nombrado al brahmán más anciano como juez de la competencia, empezó el interrogatorio.

 

Al primer yogui le preguntó, “¿Cuáles son más numerosos, los vivos o los muertos?” “Los vivos,” dijo el yogui, “porque los muertos ya no cuentan.”
“¿Cual cría más seres, el mar o la tierra?” preguntó Alejandro al segundo. “La tierra,” fue su respuesta, “porque el mar es sólo una parte de ésta.”
Se dirigió al tercer brahmán y preguntó “¿Cual es la más lista de las bestias?”
“Aquella que aún no hemos encontrado” contestó.
Alejandro le preguntó al cuarto qué argumento utilizó para motivar a los indios para que lucharan contra él, y éste contestó: “Tan sólo que uno debería vivir noblemente o morir noblemente.”
“¿Qué existió primero, el día o la noche?” le preguntó al quinto yogui. “El día estuvo primero... por un día” contestó. Como Alejandro se sintió insatisfecho con esta respuesta, el sabio agregó: “Las preguntas extrañas merecen respuestas extrañas.”
“¿Qué debe hacer un hombre para ser amado?” preguntó Alejandro. El sexto yogui contestó: “Ser poderoso sin hacerse temer.”
Entonces, Alejandro hizo una pregunta que tenía un lugar especial en su corazón “¿Qué debe hacer un hombre para volverse un dios?” El séptimo yogui respondió: “Hacer lo que es imposible de hacer para un hombre.”
“¿Qué es más fuerte, la vida o la muerte?” le preguntó al octavo yogui, el cual respondió: “La vida, porque soporta tantas miserias.”
Al noveno yogui le preguntó “¿Qué tanto tiempo debe vivir un hombre?”, y él dijo: “Hasta que morir parezca mejor.”
Finalmente, Alejandro se volteó hacia el último yogui que oficiaba como juez, y le pidió su veredicto.  El sabio anciano dijo que cada uno había contestado peor que el otro.  “Entonces tu morirás primero, por hacer tal juicio,” dijo Alejandro. “No será así, poderoso rey” dijo el yogui, “ya que dijiste que matarías primero a aquel que diera la peor respuesta.”
Alejandro quedó tan impresionado con la sagacidad de cada uno de los diez yoguis, que los liberó y los recompensó generosamente. Posteriormente le pidió al más anciano, Swami Sphines, que se quedara como su guía personal e instructor, a lo cual el sabio accedió.
Swami Sphines, llegó a ser conocido como Kalanos, en griego, debido a la costumbre del viejo santo de nombrar constantemente el nombre de su deidad escogida, Kali. Kalanos acompañó a Alejandro a Persia, donde dejó su cuerpo en circunstancias extraordinarias. Presintiendo la proximidad del momento de su muerte, abrazó a todos sus amigos íntimos, pero tan sólo miró a Alejandro y le dirigió las siguientes palabras “He de encontrarme pronto contigo en Babilonia”.  Entonces entró calmadamente en su propia hoguera funeral, permitiendo que su cuerpo se consumiera en cenizas frente a todo el ejército Macedonio. Un año después, en Junio 13, 323 AEC, Alejandro murió afuera de las murallas de Babilonia. Las palabras de Kalanos probaron ser ciertas, y el gurú y su discípulo se reunieron más allá de la vida y la muerte.

La manera en la que se expandieron las enseñanzas del yoga a través del imperio Griego y Romano, sigue siendo en su mayoría conjeturas; pero es bastante evidente que luego del colapso de la mitad occidental del Imperio Romano en el siglo IV, cuando se quemaron la mayoría de las bibliotecas de Europa, las prácticas yóguicas desaparecieron en Occidente.

Dos olas frescas de ocupación en India reiniciaron la expansión del yoga en el exterior: las invasiones musulmanes entre 1200 y 1700, propiciaron la diseminación del misticismo yóguico a través del sufismo; y la colonización británica (1600-1947), dio paso a un desborde de interés por parte de los estudiosos occidentales, instituciones y estudiantes por esta disciplina y filosofía eterna.

Algunos de los hitos más notorios de este renacimiento en los estudios orientales y yóguicos fueron la formación de la Sociedad Asiática de Bengala en 1784 (la cual trajo a la luz una riqueza de información sobre la cultura hindú y la literatura sánscrita), la fundación de la Sociedad Teosófica en 1875 (la cual se concentró inicialmente en la kabala y gnosticismo, pero se trasladó más hacia su propia mezcla de hinduismo y ocultismo luego de la visita de la fundadora, Madame Blavatsky, a India en 1879), y la publicación de la colección de 51 tomos Los Libros Sagrados de Oriente (1879-1904) bajo la dirección del orientalista alemán Max Müller.

 

La intensa actividad académica europea también contribuyó a introducir varios conceptos filosóficos erróneos y mitos históricos sobre la India, el hinduismo y el yoga.  Esto es una consecuencia apenas natural al encontrar una civilización vasta y rica que nos fuerza a confrontarnos con nuestras propias limitaciones. Como alguna vez lo dijo el gran historiador Will Durant, “La historia es en su mayor parte adivinar; el resto es prejuicio.”

 

Para empezar, no existe un país con el nombre de “India”, y ni una sola escritura o texto en todo el sur de Asia menciona este nombre. El verdadero nombre de este país siempre ha sido Bharata, un término sánscrito antiguo que significa “absorto (rata) en iluminación divina (bha)”—refiriéndose a una tierra que por encima de todo, siempre se ha especializado en la ciencia de iluminación espiritual. El país también se ha conocido como Bharata-varsha (“tierra de Bharata”), una tierra similar a un continente que cubría la actual Bangladesh, Nepal, India, Pakistán, Afganistán, así como una pequeña porción de Irán.

 

El nombre de “India” fue importado del exterior y usualmente nos lleva hasta Alejandro Magno (¡sí, él otra vez!). Cuando intentó invadir India en el año 325 AEC, encontró primero el río Sindhu (en la actual Pakistán) y le cambió el nombre por Indu, eliminando la “S” inicial volviéndolo más fácil de pronunciar para los de habla griega.  Con el tiempo se llegó a conocer como el Indus.  Subsecuentemente sus fuerzas macedonias llamaron “India” a la tierra al oriente del Indus, nombre que ganó popularidad solamente durante el régimen británico. Puede que el nombre “India” halla ganado prominencia debido a la política, pero Bharata realmente describe el alma de la tierra.

 

Así como no existe la India, tampoco existen los hindúes ni el hinduismo. Esta religión se conoció anteriormente como sanatana dharma (la ley eterna), vaidika dharma (ley de los Vedas), arya dharma (la religión noble) o manava dharma  (la religión de la humanidad).
El origen del término “hindú” aún se encuentra sujeto a debates religiosos y académicos considerables, pero la opinión prevaleciente es que llegó con los invasores musulmanes desde Afganistán y Persia en el siglo XII, quienes le cambiaron el nombre al río Sindhu por Hindu, debido a que en la lengua parsi, el sonido sánscrito “S” se convierte en “H”.  En adelante, el nombre “hindú” se extendió para describir a los habitantes de esta área al noroeste del subcontinente donde fluía el río Sindhu, y a la región en sí se le llamó “Hindustán”. Fue sólo durante el periodo de colonización británica que el término tomó una connotación religiosa, y el término “hinduismo” se introdujo, para describir a la religión de los nativos en contraste con la religión de los musulmanes. Una vez más, fuerzas políticas crearon el concepto, con el fin de reinar mejor a través de la división. Hoy en día, algunas personas han empezado a sustituir el término “hindú” por dharmistas-sanatana, mientras otros lo han acortado a sanatanis o dharmistas, que ilustran de mejor manera la naturaleza universal del camino védico.

 

Finalmente, en ninguna escritura existe referencia a una “religión védica” o “cultura védica” – una vez más, estos términos fueron inventados por académicos occidentales.  Sería más apropiado hablar de una Tradición o Cultura Eterna.

 

Cabe anotar que el interés de los académicos occidentales por India y el Yoga no fue motivado exclusivamente por el amor al conocimiento y curiosidad científica y, con el tiempo, la historia ha revelado muchas motivaciones torcidas detrás de esta investigación. Pero en ocasiones la belleza de los valores y la sabiduría yóguica pueden convertir inclusive a algunos de sus más fieros opositores. Max Müller (1823-1900) fue representativo de una tendencia general entre muchos académicos cristianos occidentales de la época – de demostrar a través de traducciones sesgadas, la inferioridad y barbarie de la religión védica y la civilización India, y prepararla para la conversión a la cristiandad. Por ejemplo, en una carta dirigida a su esposa y a su madre en 1867, explica, “nos tomó sólo 200 años cristianizar a toda África, pero aún después de 400 años, India nos elude. He llegado a entender que es el sánscrito lo que le ha permitido esto India y, para romperlo, he decidido aprender sánscrito.” Y sin embargo, mientras progresaba en la tarea colosal de supervisar la traducción de todos los libros sagrados de oriente, el alma de Max Müller fue invadida por un asombro y respeto tan profundo por la cultura védica que escribió, más adelante en su vida, “Si me preguntaran bajo cual cielo la mente humana ha desarrollado de manera más completa algunos de sus regalos más selectos, ha reflexionado con mayor profundidad sobre los mayores problemas de la vida, y ha encontrado soluciones, debería apuntar a India.”

 

Un mito fabricado en su totalidad por los indólogos y académicos euro-céntricos de la época, fue la teoría de la invasión Aria, según la cual las legiones conquistadoras de ‘arios’ de Asia central invadieron el norte de India a caballo alrededor de 1500 AEC y eventualmente desplazaron a las tribus dravidianas hacia la punta sur del subcontinente, o los convirtieron en una casta inferior. Estos invasores supuestamente trajeron muchos avances en tecnología y agricultura, así como los Vedas, al país. El Imperio Británico en particular, se aferró con entusiasmo a esta teoría por varias razones:

Creaba dos clases de indios que podían ser convenientemente enfrentados entre sí—los dravidianos (los “indios subyugados primitivos” exiliados en el sur) y los arios (“invasores foráneos sofisticados” en el norte). La estrategia de “divide y conquista” encontró su arma perfecta.

 

Concordaba con la cronología bíblica ignorante de la época concebida por el arzobispo Ussher en 1650, quien ubicó el origen del mundo el Domingo 23 de Octubre del 4004 A.C. (“a las 9 AM”, añadiría unos años más tarde el servicial Sir John Lightfoot), y el fin del diluvio el Miércoles 5 de Mayo del 2346 A.C. (no se dio una hora—pero las 5 PM es mi sospecha).

 

Estableció que los Vedas fueron importados del extranjero, y que India no tenía ninguna religión nativa importante.

 

Le dio una base europea a todas las ciencias, artes y logros de la India antigua, otorgando una justificación fácil para que los nuevos maestros de India tomaran lo que “era de ellos desde un principio.”

 

Por fortuna, nuevas evidencias astrológicas, satelitales y arqueológicas le han quitado mucho peso a esta “verdad conveniente”, por ejemplo:

Excavaciones han demostrado que la cultura del Valle Indus
(2800 AEC-1800 AEC)—el centro hipotético de la invasión por
los arios—no fue destruido por conquistadores externos, sino
por causas naturales (el que se secara el río Saraswati
probablemente sería una de ellas—ver abajo).

 

Fotografías satelitales ha demostrado que el río Saraswati—el cual es mencionado en los Vedas pero no se ha encontrado en la tierra—se secó y tomó un camino subterráneo al final de la cultura del Valle Indus.

 

Han sido descubiertas varias ciudades en India occidental,
particularmente en Punjab, Gujarat y Rajasthan, revelando un
gran número de altares de fuego, restos de vasijas, joyería y
otros artefactos usados en rituales descritos en los Vedas.

 

Cálculos cuidadosos basados en el calendario védico han
permitido fijar algunas fechas históricas. El Yajur Veda y el
Atharva Veda, por ejemplo, mencionan un equinoccio primaveral ocurriendo en el nakshatra de Krittikas (o las Pleiades, que corresponden al inicio del signo Tauro) y un solsiticio de verano en el nakshatra de Magha (correspondiente a el inicio del signo Leo). Esto nos da una fecha de aproximadamente 2400 AEC, mucho antes de la supuesta invasión aria de 1500 AEC.

 

Han sido desenterrados abundantes descubrimientos adicionales (ver por ejemplo el libro de David Frawley: Gods, Sages and Kings: Vedic Secrets of Ancient Civilization para un presentación académica sorprendente); y sin embargo la mayoría de los académicos de la actualidad todavía se aferran a su querida noción de una India que le debe todo—incluyendo el yoga—a sus influencias externas...

 
 

Meditate, meditate, and meditate. Then, one day you will behold the divine goal.

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