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2006: Héroes Mahabharata

 

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Diarios Personales

Impresiones de un Peregrino Descalzo

 

Cuando mis pies empezaron a doler, mientras hacía la caminata parikrama (circunvalación) alrededor de la ciudad de Vrindavan, hice parte de la caminata descalzo. El pavimento era intolerablemente caliente, pero la tierra a los lados del camino se sentía suave, refrescante y maternal, inclusive cuando el camino se encontró con la ocasional corriente de agua y se transformó en un ligero lodo. Inesperadamente disfruté tener mis pies desnudos meditando en un soporte tan tierno. Y a pesar de estar cansado, me sentí increíblemente cómodo dentro de mi cuerpo. La mayoría de la gente alrededor mío estaban caminando del mismo modo. Pero yo era el único sosteniendo zapatos de cuero en mi mano.
Durante la peregrinación, constantemente nos sacábamos nuestros zapatos -¿cuántas veces al día?- antes de postrarnos ante un viejo árbol sagrado, rodeado de cuerdas y decorado con docenas de campanitas colgantes; o antes de entrar a lugar alguno, como por ejemplo el museo Shri Krishna en Kurukshetra, la casa de Shivananda en Rishikesh, una clase o diferentes tiendas de libros en Varanasi, y por supuesto innumerables salones de meditación, cuevas y templos sagrados… absolutamente en todo lugar. Un joven indio me preguntó una vez: “¿Realmente mantiene sus zapatos puestos cuando va a la iglesia en Francia?”

 

La identidad de India depende grandemente en sus sentimientos sobre los pies: eso diría después de mi primer viaje en este país. No tanto porque fue etiquetado como “peregrinación”, una palabra que generalmente evoca ir a pie a un lugar sagrado –¡hicimos la mayor parte en bus!-.
A pesar de que no he visto a las grandes muchedumbres indias pulular y apurarse, con o sin un bastón en mano, sobre el camino para sucesivas pujas, kumbha melas, bhaisakis y otras reuniones religiosas a lo largo del país, es obvio para mí que la civilización india está más basada en respetar los pies humanos –y pies descalzos- que cualquier otra nación occidental(-izada) que conozco.

 

Estar descalzo es un signo. En el Shri Aurobindo Ashram de Delhi, construido por la Madre, no te acercas al santuario en memoria de Shri Aurobindo con los zapatos puestos. Si te quieres comunicar con el gran Invisible, inclusive las sandalias indicarán un fracaso. Te aislarían, supongo, del espíritu de la Madre Tierra. Y la Tierra es verdadera energía cósmica, llevándote con sus vibraciones más allá del lado práctico de la vida, más allá de lo inmediatamente visible, más allá del velo de maya. Pies descalzos te mantienen fuerte en tus piernas, estableciendo tu conexión, inconscientemente, entre la tierra y el cielo. El agua de los ríos es vertida desde el cielo, y corre sobre el piso o se sumerge profundamente dentro de la tierra. Nuestras variadas sesiones de mojar los pies en el río Ganga, o en algunos auspiciosos prayags (confluencia de ríos), o en estanques, todos ellos significaban, diría yo, un purificado contacto especial con nuestro planeta Tierra, de cuyos mismos componentes estamos hechos, tal como ahora nos dicen los astrofísicos.

 

¿Recuerdas las huellas de los pies impresas en mármol de santos, o de inclusive dioses como Shiva, que descubrimos en el altar de algunos santos lugares, y que la gente tocaba respetuosamente con sus dedos antes de acariciar su frente? Uno de estos testimonios fue en el patio de ese templo en Rishikesh, en donde un gran santo –cuyo nombre, caramba, estoy olvidando justo ahora- dejó su cuerpo. Pero las huellas de sus pies permanecen allí para testificar que él realmente vivió una vez en este mundo, y dejó este mundo. ¿Por qué las huellas de sus pies, y no su corazón en un relicario, o su cráneo, o cualesquiera reliquias pequeñas, inclusive un diente, como la superstición occidental y la piedad materialista podría bien tener? Notamos que en India el tocar los pies de alguien todavía es un signo de reverencia. No los besas, tan sólo te inclinas y los tocas. ¿Hay algo más ambulante en el cuerpo que nuestros pies? Lo que la gente adora ritualmente en los templos es sólo un vestigio, la imagen de una impresión, algo inmaterial, tan sólo un símbolo de nuestra divina energía móvil. Una vez leí que la casta más baja en India, los shudras, nacieron de los pies de Brahma. Un mensaje de esperanza, quizás... Y recuerdo el hábito de la gente de India de comer con sus dedos. Y mi maestro de yoga, sonriendo a nosotros, occidentales cuyos dedos habían perdido alguna esencial sensibilidad al no tener más un contacto directo con la comida. Entonces, también habría en la comida una energía esencial? ¡Por supuesto! Ningún estómago hambriento necesita demostración de eso.

 

Así, la primera lección de India para mí fue recapturar algo de la energía de la tierra mientras me daba cuenta de que a veces usamos innecesarios medios entre ella y nuestro cuerpo. ¿Divina energía? ¿Energía cósmica? Las palabras no hacen diferencia para mí.

 

Y ahora, una pregunta problemática. ¿Cómo puede una civilización tan bellamente moral y religiosamente estructurada como India mantenerse alimentando tanta injusticia social, tanta pobreza insoportable, tanta indignidad humana como la que puede ser observada a lo largo de todo el país en caminos, en pueblos, suburbios y en el centro de las ciudades? Gente destituida, viejos y jóvenes lisiados, mendigos que mueren de hambre, gente que carece de un hogar toda su vida, y niños abandonados con bebés bajo el brazo en cantidades tan ubicuas, endémicas? ¿No hay algo horripilantemente cuestionador en esto?

 

Seamos claros: “Tampoco soy un occidental tan ingenuo. Viví –y viaje- muchos años en varios países en Sudamérica y en el norte de África, en donde la miseria física también puede ser encontrada en muchos rincones de las calles. Pero jamás, y en ningún lado, experimenté una evidencia tan sosegada de que este estado de cosas deben pertenecer a un sociedad normal, de que no hay nada fundamentalmente malo con vivir pacíficamente toda la vida junto a muchedumbres de descastados infrahumanos…

 

Sé que este sentimiento es parcialmente injusto, de que el gobierno de India está luchando, aunque lentamente, contra estos prejuicios históricamente enraizados; sé que la mayoría de países occidentales “democráticos” también muestran únicamente con mucha frecuencia una conmociónate carencia de solidaridad social. Pero mi principal sentimiento incómodo sobre la peregrinación en India permanece siendo este: viajamos con bastante comodidad y fuimos hermosamente recibidos en todos lados por monjes, y por sea personas religiosas o laicos, mientras veintenas de desdichados seres humanos estaban como que muriendo clandestinamente, en indiferencia y rechazo. Nuestra caminata en Vrindavan trajo esta impresión al frente: un sentimiento que dirías es meramente emocional. ¡De acuerdo! De cualquier modo es un tipo de emoción que no quiero superar ni siquiera a través del yoga. Porque tales emociones llevan a profundos pensamientos. A la comprensión, por ejemplo, de que es imposible vivir calmadamente en países donde algunos humanos disfrutan la condición de seres humanos, y algunos otros son confrontados con la condición calificadamente infrahumana.

 

Y a la comprensión, por ejemplo, de que acciones como las dirigidas hacia niños por la Misión Hariharananda -descubrí este hecho muy concretamente- en Champawat, Haridwar y Uttarkashi (y varios centros del Arca del Amor en Sudamérica), son el medio más efectivo de ayudar a los abandonados, especialmente en India, según la lucha ética que India está asumiendo en contra del rechazo social. Ofrecer comodidad material y espiritual juntas a huérfanos, a desamparadas viudas, a pobres muchachas, es realmente algo magnífico: toma cuidado de la completa naturaleza de los seres humanos, de aquellos que más lo necesitan. Fotos enviadas por Swamiji meses atrás trataron de transmitirme esta verdad, pero tenía que participar en esta peregrinación que abre los ojos para obtener un real entendimiento de cómo, y con cuánta intensidad, la pobreza y la indiferencia tienen que ser combatidas aquí. Estoy feliz de haber visto niños jugando, trabajando, cantando y danzando.

 

En relación a ese punto, me di cuenta de que mi cuestión encontró su respuesta. Se dice que los franceses son distinguidos por su pasión e igualdad. Así que, India, siéntete humildemente agradecida -por tanto mis pies como mi espíritu!- por un fructífero viaje a través de tus más desiguales realidades. ¿Quizás una peregrinación a Sudamérica debería de ser considerado para un día? Inclusive si los santos en este hemisferio no son exactamente del tipo de aquellos que respetamos en India. Pero este es un capítulo de una historia que ningún Ganesha ha escrito todavía...

 

Gilles

 
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